Relatos

La Voz del Silencio

 

 

Un silencio sepulcral inundaba la habitación y toda la casa de un sentimiento extraño, que penetraba en mi cuerpo y mente. En parte, provocaba pánico y, por otra, tenía cierto encanto, inexplicable.

 

Se enfriaba el aire. En el cielo la oscuridad iba cegando a la luz, ennegreciendo todo cada vez más. Llegaba la noche. Las preguntas corrían por mi mente, rápidamente, sin pararse a hacerse notar apenas. A esta hora del día, cuando la tarde va llegando a su fin y da paso a la noche, es cuando dejaba vagar mi mente, mientras contemplaba el increíble paisaje del exterior. Ya era casi imposible ver sin la luz artificial, pero no pensaba encender las lámparas. Me gustaba sentir la negrura que iba penetrando en las estancias de la gran mansión.

 

Como salida de una película de terror en blanco y negro, destacaba en el paisaje. Llamaba la atención a todas las personas que se perdían por la carretera y acababan llegando a aquel camino sin salida. Atemorizándoles o maravillándoles, pero nunca dejando indiferente a ninguno de ellos. Incluso en mí, que ya la conocía lo suficientemente bien, despertaba nuevos y desconocidos sentimientos constantemente, día tras día.

 

El silencio trae consigo a la soledad o inversamente, no estaba verdaderamente segura de esto, esa amiga y enemiga al mismo tiempo, tan dulce y a la vez tan amarga… Esa misma que a veces me relajaba y me atormentaba severamente otras veces. Aunque generalmente sucedía lo último, que me iba consumiendo poco a poco, asfixiándome más y más. Pero aceptaba que podía considerarse parte de mi propio ser y una parte fundamental en todos mis días. Y, de esta manera, transcurrían éstos.

 

La noche ya había llegado. Desde que empezaba a anochecer, sólo había pensado en mi soledad. Muchas personas se encuentran en esta situación, algunas viéndose llevadas en ocasiones al suicidio. Yo era demasiado cobarde para eso, así que no tenía derecho a lamentarme. Otras personas lo estaban pasando peor que yo. Y el silencio va unido a la soledad, esta trae consigo la tranquilidad de la que yo disfrutaba, así que, en cierto modo, la disfrutaba gracias a aquel ambiente de serenidad. Pero, ese mismo día, el ambiente calmado y solitario de la gran mansión se vio interrumpido por la llegada de un visitante.

 

 

I

 

Mientras, desde la ventana del salón principal, yo asistía al esplendor de la noche, un coche gris y de apariencia mortecina se adentraba por el estrecho camino. «Otros extranjeros perdidos», me dije a mi misma. Cuando, de vez en cuando, alguien se metía por el sinuoso camino, no tardaba demasiado en volver hacia atrás y seguir su ruta. Eso es lo que esperaba que hiciera ese coche, tal como los demás… Pero después de permanecer parado en marcha durante un tiempo, un hombre salió de él.

 

Vestía un sobrio y elegante traje negro junto con un sombrero del mismo color, que le tapaba la frente hasta las cejas. Se dirigía hacia la entrada con paso decidido pero mirando continuamente hacia los lados, casi como si temiese que alguien pudiera verlo. Me acerqué a la puerta y la abrí ligeramente para observarlo con más detenimiento. Según se acercaba, y sin dejar de mirar hacia su alrededor, preguntó con suavidad si había una habitación libre. Yo le respondí secamente, diciendo que aquello no era un hotel. Él insistió, aunque de forma educada. Solicitó alquilar una habitación por poco tiempo y ofreció pagar lo que le pidiese por ella. Su jugosa oferta y su amabilidad hizo que cambiara un poco mi decisión, aunque seguía desconfiando de aquel hombre por su extraña forma de actuar. Acordamos un precio por la habitación del último piso, el cuarto.

 

Sin duda, una de las mejores habitaciones de la casa, espaciosa y muy bella. Además, poseía una gran terraza con vistas maravillosas al mar. El inmenso mar azul oscuro de mi tierra natal, ese tesoro fuertemente guardado por los afilados acantilados… Pero yo nunca me acercaba a aquella habitación, porque si había algo en el mundo que me causase auténtico pavor era la oscuridad y, pese a los grandes ventanales, aquel era el rincón más oscuro de la casa debido a su orientación. En realidad, la oscuridad me provocaba sentimientos encontrados, algo difícil de describir…

 

Mientras me perdía en mis pensamientos, el hombre de negro, por llamarlo de alguna manera, ya se había instalado en la habitación. Tan sólo portaba una pequeña maleta. Le pregunté cuánto tiempo se quedaría, intuyendo ya su respuesta visto el escaso equipaje, pero la respuesta no fue exactamente como esperaba. Por un momento perdió la calma, después suspiró y terminó diciendo que no estaba muy seguro, pero esperaba que fuera el menor tiempo posible. Todavía intrigada por aquella reacción, bajé a la sala principal en busca de la tranquilidad que había sido rota tras todo lo sucedido.

 

La noche ya estaba bastante entrada y, a través de la ventana, resplandecía una henchida luna llena. Esa que me acompañaba, de una u otra forma, todas las noches, mientras contemplaba los recortados acantilados desde los grandes ventanales del salón. «Quizá duerma aquí por esta noche», pensé por un momento, todavía desconfiando de la extraña y repentina visita de aquel hombre de conducta vacilante. Pero no había lugar para aquellas cosas en ese momento. Era el momento más especial del día. La luna esa noche robaba todas las miradas. Su resplandor de plata azul me atraía increíblemente, ejercía un poder especial sobre mí, una fuerza que me era imposible vencer. Y cuando se representaba sobre el mar, reproduciendo éste sobre sí su reflejo plateado como un espejo, entonces el magnetismo era total, envolviéndome en un místico aura de serenidad.

 

II

 

El nuevo ocupante de la habitación de arriba no causaba ningún tipo de molestia y su estancia en la mansión era prácticamente imperceptible. Pero, a pesar de esto, me encontraba rara. Acostumbrada al silencio total, me incomodaba el más mínimo ruido que pudiera causar aquel hombre. Hacía que me retumbaran los oídos… Había quedado en que se marcharía (si no había ningún percance o cambio de última hora) al cabo de unos días, sin superar la quincena. Así que esperé pacientemente la marcha del hombre vestido de negro al tiempo que pasaban los días y, con ellos, iba quedando atrás toda reticencia. Al final de la segunda semana, teníamos ya cierta confianza. Casi me atrevería a decir que una amistad, por increíble que parezca. Y se quedó acompañándome en los anocheceres junto a la gran ventana. «Con lo que amaba la soledad, ahora la abandono repentinamente…», pensaba mientras él me hablaba. Parecía imposible, una situación antinatural, presentía que no tardaría demasiado en cambiar. Y aquel presentimiento no tardó en cumplirse.

 

La soledad es acaparadora y manipuladora por naturaleza. Tenaz y no dispuesta a rendirse nunca, aunque pueda parecer que si luchas acaba olvidándose de ti, lo que realmente hace es ir y venir caprichosamente. No hay que dar por sentado su ausencia, pues siempre es posible que vuelva en el momento menos esperado. Todos los sucesos de esos días me hicieron olvidarla y rechazarla, así que regresó para apoderarse de lo que se le había arrebatado.

 

 

III

 

Ocurrió una noche más como las otras en compañía del extraño hombre. Aquel presentimiento agorero seguía rondando mi cabeza. No deseaba el final, pero algo me hacía esperarlo, una voz me repetía que podría suceder esa misma noche. Contemplé el reflejo de la luna llena sobre el mar. Esta vez el gran astro se vestía con una tonalidad rojiza que se tornaba  terrorífica a mis ojos. Una densa bruma cubría las oscuras aguas, completando el cuadro nocturno. Me recordaba a un carroñero, esperando sigilosamente a su presa, quieto hasta el próximo asalto.

 

El que me había rescatado de la soledad, no solo un hombre, sino la representación de todas mis esperanzas puestas en dejar atrás mi aislamiento, salió al pequeño jardín para dar un paseo. No podía mas. La voz se hacía mas y mas fuerte en mi cabeza. Sentía auténtico terror. Salí tras él sin pensar. Atravesé la finca, allí no había nadie. Me adentré impulsivamente a través de la niebla, de la total oscuridad, persiguiendo mis esperanzas.

 

Una luz con vida propia parecía filtrarse entre la niebla. Un susurro. Una frase que repiqueteaba en mi mente. Se repetía cada vez más apagadamente, hasta que quedó completamente ahogada por el silencio. «Ven conmigo. No dejes que ella te absorba o acabará contigo». La luz también se esfumaba entre las sombras. La sentía tangible, prácticamente de formas humanas, quería asirme de ella y agarrarme con fuerza. Pero terminó por desaparecer entre los suaves silbidos del viento. Y mi cuerpo desapareció con ella. Permanecía en el lugar, pero mi cuerpo ya no estaba presente allí. La soledad había vuelto a por mí, para recuperarme y llevarme de nuevo en sus diabólicas garras.

 

Me quedé toda la noche en la puerta de la mansión, mirando hacia el que siempre había sido mi fiel compañero, el mar. Se agitaba y golpeaba contra los acantilados, creando un estruendo que nublaba mis sentidos y pensamientos. Era como si entonara un agudo lamento por mí y por el final que me esperaba. No quería escucharlo. Me sentía extrañamente cómoda, envuelta en serenidad. Y la soledad esta vez me fue absorbiendo, formando como nunca antes parte de mí.

Seguí esperando el amanecer, pero no volví a ver jamás la luz de un nuevo día.

 

IV

 

Soñé con el origen que no poseo. No tengo historia, ni principio ni final. Quizá todo fuera un sueño. Un sueño humano, para algo que no lo es. O puede que sí…

 

Vivo en el mundo de lo intangible, donde solo hay un profundo y oscuro vacío. Por eso me siento tan cómoda en la oscuridad. Aún con todo, puedo formar parte de lo corpóreo, a pesar de que este no sea realmente mi lugar, por medio de las personas. Las personas a las que endulzo y amargo la vida a partes iguales, siendo amiga y enemiga de ellos a la vez. Mediante este indeseable contrato sobrevivo.

 

Me pregunto por qué aceptan. Son tan simples y complejos al mismo tiempo… No puedo culparles. Yo también soy difícil de comprender. Y, por eso, seguiré existiendo. Esperando en las sombras, resguardada, sin poder ser nunca del todo humana.

 

 

Porque yo soy la soledad: La Voz del Silencio.

 

 

 

Para saber más sobre mi y este relato y otros, te invito a mi página de Facebook

 

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2 pensamientos en “La Voz del Silencio

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