Relatos

El medallón (parte 2)

Mi animada imaginación, cultivada en esas novelas de misterio de las que era aficionada, empezó a formular todo tipo de hipótesis.

Pero, esta vez, como era usual, la realidad no respondió a mis expectativas. Tras unos minutos, la mujer sacó un móvil e hizo una llamada y, poco después, cogió un taxi y se marchó sin mas.

Esperé, en vano.

La calle volvió a su punto inicial: completamente vacía y en silencio. Cansada, me eché en la cama, todavía con la imagen de aquella mujer en la mente…

 

Las  primeras luces de la mañana me sacaron de mi duermevela. Estaba agotada. No había dormido bien en toda la semana (nunca había llevado bien el calor y la humedad) y esta noche no había hecho mas que empeorar mi estado.

Miré el reloj, esperando que no fuera ya muy tarde para volver a conciliar el sueño. Las 5.30. Me giré y acomodé de nuevo la cabeza sobre la almohada, satisfecha.

Pero, de nuevo, mi mente agitada no me dejaba dormir. Recordé la escena que había visto en la madrugada. Como un resorte, me levanté de la cama y fui hacia la ventana.

Nada.

El hotel estaba en una pequeña calle dentro de una zona muy turística en el barrio antiguo de la ciudad. Excepto los trabajadores del hotel y un par de empresarios con locales algo alejados, la gente se levantaba tarde. Ya cuando consideraba volver a la cama como una persona «normal», algo me hizo despertar del letargo:

Allí estaba, como un espejismo, el descapotable negro que había visto la noche anterior. De su interior surgieron dos mujeres. Algo en ellas me resultaba familiar. Rápidamente caí en la cuenta de lo que era: las dos mujeres llevaban colgado de su cuello un medallón, aquel medallón…

En un principio no me percaté de ello, pero una de ellas era la mujer morena del vestido rojo. Aunque ahora iba, como su acompañante, de forma totalmente informal, con un simple chándal negro y con el pelo recogido. Cuchichearon algo entre sí y corrieron hacia el interior de un edificio al que había entrado el hombre trajeado horas antes.

Mi alocada imaginación volvía a fluir sin cesar, avivada por cada suceso que iba desfilando ante mis ojos. ¿Qué hacían nuevamente allí? ¿Por qué el descapotable de cristales tintados? ¿Y el cambio de atuendo?

Conocía a los dueños del hotel. Sabía que en aquel edificio cercano apenas vivía nadie salvo ellos y unos pocos de sus trabajadores. Una idea descabellada iba germinando en mi cabeza: ¿y si… iba a investigar? Solo a mirar un poco…

La curiosidad me quemaba, era demasiado tentador…

Finalmente cedí al impulso cual niño obediente y me vestí para salir. Cerré la puerta de la habitación con llave y baje las escaleras corriendo.

Al llegar a la planta baja me paré en seco. Era demasiado pronto y no quería llamar la atención, todos me conocían por allí… No debía verme el recepcionista.

Di media vuelta y atravesé, todo lo sigilosamente que pude, el estrecho pasillo que llevaba a la salida de emergencia. No sabía a donde iba a parar. Satisfecha, comprobé que la callejuela tras el hotel estaba bien comunicada y no había nadie cercano a la vista. Atravesé una de las calles transversales y crucé rápidamente la avenida hasta llegar al portal del edificio. La puerta no estaba cerrada con llave.

La excitación me paralizó por un momento. ¿Y ahora qué?

 

La entrada estaba cuidada hasta el último detalle: suelo enmoquetado, lámparas colgantes, madera de nogal en las paredes…

Un crujido se escuchó en el techo.

Alguien avanzaba con pisada firme a través del primer piso… hacia mi.

Comencé a dudar de la decisión que había tomado. Tenía un mal presentimiento. Me escondí en un hueco junto al ascensor. ¿Habrían notado mi presencia? Escuché como las pisadas eran cada vez mas fuertes, bajaban las escaleras. No era una sola persona. Paralizada por el miedo, pegué mi cuerpo todo lo que pude contra la pared y aguanté la respiración mientras se iban acercando…

Eran las dos mujeres. Se detuvieron en el centro del hall de entrada, alejadas de la puerta. Por el reflejo del espejo que había frente a ellas, podía ver sus caras de agitación. Empezaron a conversar en tono muy bajo, apenas sí podía escucharlas.

«No está. No insistas, ya nos hemos arriesgado demasiado. No hay tiempo.», murmuraba la morena. Su acompañante asintió en silencio, con expresión resignada, mientras le entregaba algo envuelto en un pañuelo.

Antes de llevarlo al bolsillo, la morena lo desenvolvió, como queriendo comprobar algún detalle, y pude ver claramente el brillo de una hoja metálica… ¿Un cuchillo? No podía ser.

Salieron a la calle y oí como arrancaba el motor de un coche. ¿Se habían marchado sin más?

Durante unos largos minutos dudé si salir de mi escondite improvisado. Pero de nuevo la curiosidad ganó la batalla… ¿Quién o qué no estaba?

Subí las escaleras todavía temblando y con pisada trémula.

Era un edificio antiguo. La planta era estrecha, con puertas a cada lado, prácticamente parecía un hotel. Un impulso incontrolable me hacía seguir avanzando por el pasillo, casi sin mirar. Al final brillaba un resplandor muy débil.

Me acerqué. 1ºE. La puerta estaba abierta y un hilillo de luz escapaba del interior del apartamento.

Cruce el umbral de la puerta. Aquello parecía un campo de batalla. Todos los muebles y su contenido había sido revueltos furiosamente. Pero nada mas. Examiné cada habitación sin hallar nada de aparente valor… Todo normal salvo el desorden.

De repente mi mente fantasiosa volvió en seco a la realidad. «Pero que hago yo aquí… Tengo que volver. Estoy loca… y muerta de cansancio. Estúpida, eres estúpida. Esto no te incumbe.» pensé casi avergonzada. Di media vuelta arrastrando los pies hacia la puerta. Algo me hizo tropezar y caer de bruces sobre la alfombra. Lo que faltaba. Me levanté apoyando las manos mientras intentaba estirar la alfombra y dejarla como estaba. Pesaba como un muerto, casi como una moqueta, pero del puntapié se había salido de su sitio. Ya no podía más del cansancio.

Por mas que lo intentaba, no volvía a su lugar, algo sobresalía del suelo. Allí había algo. Intenté levantar la esquina de la moqueta usando las pocas fuerzas que me quedaban.

Imposible.

Justo donde iba a besar la tupida alfombra con la pared yacía un colgante.

Lo cogí y contemplé embobada el resplandor de la piedra aguamarina. Era el medallón. El mismo que aquellas mujeres llevaban… u otro idéntico.

No podía quedarme mas allí. Salí con mi botín en la mano corriendo hacia el exterior, pasé rápido por la recepción del hotel y me encerré en mi habitación. Caí rendida en la cama todavía con la joya en la mano… no quería soltarlo.

 

Llamaron a la puerta.

 

Miré a mi alrededor desorientada, buscando el reloj. Había dormido hasta el mediodía y la camarera del hotel esperaba en la puerta para hacer la limpieza.

Rebusqué en la cama para encontrar el medallón y guardarlo en un bolsillo del pantalón.

Menuda aventura…

 

Todas las noches miro hacia la ventana, recordando lo ocurrido. Miro el medallón y las imágenes de aquella noche pasan por mi cabeza como si hubiera sido ayer.

No he contado nada de todo esto a nadie. No vivo allí, no tiene sentido ir mas allá. No había peligro.

Simplemente no tenía la necesidad de contarlo… Hasta hoy.

 

 

 

 

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